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Cuando Indra buscó su verdadero Ser: la enseñanza de Prajāpati en la Chāndogya Upaniṣad

En el libro VIII de la Chāndogya Upaniṣad encontramos una de las enseñanzas más bellas sobre la identidad, el discernimiento y el camino hacia el ātman. El dios Indra y el asura Virocana escuchan que Prajāpati conoce la verdadera naturaleza del Ser y deciden acudir a él para resolver una pregunta que atraviesa toda la tradición india: “¿Quién soy yo realmente?”

Prajāpati no responde de inmediato. En lugar de entregar una definición abstracta, conduce a ambos a través de un proceso gradual en el que deberán descubrir, por experiencia, qué no es el Ser antes de acercarse a lo que sí es. El primer ejercicio consiste en observar su propio reflejo en un recipiente lleno de agua. Allí ambos ven su imagen y concluyen que el cuerpo es el yo. Virocana acepta esta interpretación sin cuestionarla y regresa satisfecho, convencido de que la identidad está en lo visible y material. Indra, en cambio, comienza a dudar.

Es en esa duda donde empieza realmente la enseñanza. Indra percibe que el reflejo puede alterarse, ensuciarse o romperse. Comprende entonces que el Ser no puede depender de algo tan frágil. Regresa a Prajāpati una y otra vez, cada vez con preguntas más profundas. El dios lo guía entonces por distintas capas de la experiencia: la vigilia, el sueño, el sueño profundo. Cada nivel muestra algo distinto sobre la conciencia, pero ninguno revela el Ser último. Nada de eso puede ser el ātman, porque todo es transitorio y está sujeto a cambio.

Solo cuando Indra atraviesa estas capas con paciencia y discernimiento, cuando se libera de las primeras impresiones y de las respuestas fáciles, Prajāpati finalmente revela la enseñanza más elevada: el ātman es libre, luminoso, imperecedero; es lo que permanece incluso cuando el cuerpo cambia, cuando la mente se agita o se silencia, cuando los sueños aparecen y se desvanecen. Es aquello que no envejece, no sufre, no muere.

La diferencia entre Indra y Virocana no está en su naturaleza divina o demoníaca, sino en su actitud. Virocana se queda con la primera respuesta, superficial y cómoda. Indra, en cambio, sostiene la duda, pregunta, observa, vuelve a empezar. Ese es el camino del autoconocimiento en las Upaniṣads: un viaje de discernimiento donde la paciencia y la lucidez permiten que la verdad se revele por sí misma.

Esta historia nos recuerda que el acceso a lo esencial requiere tiempo, crítica y profundidad. El ātman no se descubre en lo evidente, sino en aquello que permanece más allá de todo cambio. El reflejo engaña, los estados de la mente fluctúan, pero la conciencia que sostiene todas las experiencias es la que Prajāpati invita a reconocer.



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